lunes, 28 de julio de 2014

CRÍTICAS CRÓNICAS: Pequeña Biopsia Teatral

POR: ANTONIO MEJÍA
Hace algunas semanas asistí al festival de teatro TICA-LABS 2014 en el foro Hugo Argüelles, donde se presentaron varios grupos de estudiantes del CLDyT y algunos otros invitados de corte independiente, para mostrar el resultado de un año de trabajado. Luego, estuve presente en la penúltima función de Autorretrato en sepia de LEGOM, dirigida por Martín Acosta, en el Juan Ruiz de Alarcón del CCU de la UNAM (¡qué coincidencia!). También acepté la invitación a Calidez de Juan Cristóbal Castillo dentro de la inadvertida muestra de Dramaturgia contemporánea mexicana en el teatro Wilberto Cantón de la SOGEM. Al final, me sorprendió encontrar una serie de similitudes aun cuando lo mostrado en cada escenario era radicalmente distinto en sus pretensiones.

En todos los casos, el público no cubría ni la mitad del afore y se dividía entre asistentes de buena voluntad, paleros y algún curioso despistado, que los hay siempre. Al margen de su condición e independiente del escenario, encontré una actitud escasamente comprometida con el otro, como si estuvieran ciertos de recibir acalorados aplausos y elevadas muestras de admiración. Esta condescendencia que en el medio artístico sucede especialmente cuando las galerías y los supermercados son cada vez más parecidos, no tendría relevancia si el hecho escénico no estuviera comprometido.

Aclaro que entiendo el teatro como una insinuación que hace el artista desde y obligado por los impulsos de su narrativa personal; dicha insinuación es traducida o resignificada por el espectador desde y por las necesidades de su propia narrativa, de tal modo que no importa lo sucedido en el escenario, será siempre una resignificación plástica de un planteamiento textual o literal. Por lo mismo, el teatro nunca es sólo texto, ni se refiere únicamente a la tridimensionalidad que lo hace posible. Es ambos, pero ninguno. Es el resultado de las posibilidades expresivas al servicio de una concepción de mundo; y aun cuando pueda resultar inaccesible -como decía T. Kantor-, sí hay rasgos socioculturales que la determinan y permiten la comunicación con el otro, el cual es imprescindible.

Considero que en general el teatro mexicano se hizo viejo y que sobrevive de la descomposición de los que fueron sus postulados más vanguardistas, recogidos en su mayoría en el extranjero. De allí la dictadura de las taxonomías teatrales que intenta clarificar todo en la materialidad del objeto escénico y al mismo tiempo, la postura cerrada a cualquier comunicación o interlocución que salga de los parámetros establecidos, incluso si se trata del espectador mismo; de allí, la canonización artística promovida a través de un conformismo vanguardista oficial que alimenta las expresiones artísticas burocráticas y políticamente correctas, especialmente si “lo incorrecto” está de moda y el artista se encuentra preocupado por no ser rechazado. Vemos artistas que se niegan a la verdad del estar escénico -sea una lectura dramatizada universitaria o una super-producción de pretensiones universales-, para acarrear simpatías o adoradores, cuando le es necesaria a toda expresión artística ejercer esa doble fuerza de rechazo-atracción.

Estamos frente a un teatro cuyas “miradas transversales” no alcanzan para generar un espacio escénico que construya una atmósfera multisensorial que abstraiga al intelecto desde la emotividad de los elementos expresivos que nos igualan como seres humanos, dentro de una región y una época que a su vez converse con todas las regiones del mundo y todas las épocas. Teatro que confunde la riqueza visual con la riqueza de objetos; y la sobriedad en la utilización de los medios expresivos del actor, con una actitud irresponsable. Así, se confunde la acción como elemento de la historicidad del actor al servicio de la expresión ficticia (emotiva, racional, psicológica) de un carácter o argumento, con las interacciones técnicas sobre el escenario.

Lo que ocasiona un teatro donde ejecutantes y espectadores desestiman la responsabilidad de mantener un estar escénico y así, el público se vuelve complaciente e irreflexivo y vulgariza el sentido de celebración-comunión para exigir diversión mientras come sus palomitas y bebe su refresco sin azúcar. Asimismo, la idea de lo espectacular se presenta como un mero artilugio del decorativo y no como un medio que, integrado en la construcción del espacio escénico, funcione para abrir eficaz y contundentemente nuestra sensibilidad estética, cumpliendo su fin universal: conmover. Finalmente me pregunto qué de significativo hay en lo presenciado; y regreso a casa dispuesto a explicármelo a través de estas líneas que ahora comparto.
De este modo considero que se expresa claramente el espectro visible de la crítica dramática y el estilo de este espacio dedicado al teatro; que siendo parte indisoluble del mismo, no estaría completo sin usted, estimado lector.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Críticas a las Obras presentadas en el CLDyT/ TEMPORADA TEATRAL DE PRIMAVERA 2014

EDITORIAL


Los motivos de la crítica teatral son muchos y variados, desde la costumbre de la profesión hasta el íntimo gusto visceral por desentrañar un acontecimiento presenciado. Quien manifiesta su crítica para “unos-otros” toma el papel de “abogado del diablo”, porque intenta traducir el  insondable, y a veces hasta inaprensible, proceso creativo del artista. Aun cuando existen herramientas teóricas muy concretas, toda traducción no deja de ser una re-interpretación que proviene principalmente de la narrativa personal. Si la mirada es “especificísta” se hunde en una sofisticación utilitaria propia de la apología cientificista, que somete la sensibilidad creativa a los valores, criterios y fines de una ideología. Si por el contrario, es precaria en cuanto a sus percepciones estéticas, puede transformar cualquier elemento claramente expuesto, en un caos inconexo y fantasioso que propicia una visión esotérica del objeto artístico y/o del arte. Una formulación crítica a partir de criterios tendenciosos o tergiversados arroja a los individuos hacia la enajenación, la ideologización o la deformación de los horizontes personales.

La crítica teatral requiere de sustentar sus motivos además de los puntos de vista acerca de un hecho escénico; asimismo, el crítico debe hacer suya la Verdad y la ética del arte, la pasión del ethos del artista como “ser que a través de su autosacrificio ensancha la búsqueda del hombre de todo aquello que es eterno, trascendente, divino –a menudo a pesar del estado pecaminoso del mismo artista” (Esculpir el tiempo, A. Tarkosky, p. 258). Por ello, si la “crítica profesional” supone un compromiso con el lector, la crítica sobre escenificaciones de estudiantes implica una responsabilidad mayor, dado que un comentario descontextualizado o fuera de lugar puede anular o corromper la creatividad. Sin faltar a la verdad, se deben tomar en cuenta diferentes elementos que explican o dan razón de las virtudes y defectos, así como de los alcances de cada trabajo, siempre con la finalidad de auxiliar a los estudiantes en su desarrollo académico y proporcionarles argumentos que ensanchen sus horizontes hermenéuticos a través de la posibilidad de la reflexión.

Como dicha labor no puede estar escindida del medio que le da origen y sentido, en esta ocasión contamos con textos de dos estudiantes, ambos cursando el octavo semestre de la Licenciatura en Literatura Dramática Teatro, con especialidad en Dramaturgia: David Alberto Pérez López y David Emmanuel Barrera Sánchez.

Nuestra intención es hacer hincapié en la necesidad de promover la palabra de los noveles dramaturgos, quienes escasamente tienen la oportunidad de mostrar públicamente sus trabajos y contar con opiniones honestas que los apoyen en la afinación de su técnica y su voz personal como escritores, sin prejuicios ni dictámenes arbitrarios o sin perseguir la reiteración de modelos establecidos para perpetuar la devoción de nombres y “renombres”. Aun cuando el CLDyT es tachado de contar con “demasiadas letras”, resulta insuficiente la difusión de las generaciones de dramaturgos -cuyo campo es bastante amplio-, quienes ante la falta de espacios de expresión, experimentación y libertad creativa, caen en manos de asociaciones, escuelas, talleres, institutos o profesionales cuya única finalidad es el onanismo del ego personal. Asimismo, esperamos promover un diálogo entre la comunidad a través de la crítica teatral de los espectáculos presentados en el Aula-Teatro Rodolfo Usigli y en el Aula-Teatro Escenario del Auditorio Justo Sierra, del Área de Teatros del CLDyT, durante la Temporada Teatral de Primavera 2014: El Polvo de Jimena Martínez Vázquez, Dirigida por Wendolyne Dolores Hernández Robles (Miércoles 19:00 hrs). Inuk, una aventura polar de Creación colectiva, Dirigida por Jorge Valdivia Arriaga (Viernes 17:00 hrs). Y, Abdicaciones de Gloria Arellano y Fernando Narváez, Dirigida por Gloria Arellano (Viernes 19:00 hrs).

También, buscamos apoyar el esfuerzo realizado por el Maestro Lech Hellwig-Górzyński, quien cada año -desde que instituyó las Temporadas teatrales en el CLDyT-, asiste a todos los espectáculos presentados en Temporadas, TICAs y LAPEs. Lo nuestro es un intento por sustraer a estudiantes, egresados e incluso profesorado y administración, de la indiferencia con que se tratan las producciones del Colegio y en general, lo que sucede en la vida académica del mismo.

Si tomamos en cuenta que los comentarios críticos significativos sobre el quehacer artístico en el Colegio, por parte de su comunidad, se diluyen entre críticas destructivas, de pobre nivel intelectual o meramente emotivas, se hace evidente que la marginación del medio académico y profesional en que se encuentra el CLDyT es inicial y principalmente por un disminuido sentido de pertenencia; un caso sintomático es la Gaceta UNAM en cuya sección Agenda.unam, no se difunden los espectáculos presentados en las Temporadas de Primavera y Otoño, del Colegio Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; ausencia tan inexplicable como el silencio de las autoridades correspondientes acerca del tema.


Finalmente, sólo nos queda reiterar nuestro principal motivo: ayudar en la ampliación y profundización de los horizontes académicos individuales de los aspirantes a profesionales del teatro, sirviendo de apoyo en el desarrollo de la imaginación y la expresividad escénicas, así como en el perfeccionamiento de su voz personal. 

A   t   e   n   t   a   m   e   n   t   e

Ciudad Universitaria

México, D. F., a 7 de mayo de 2014

EL POLVO de Jimena Martínez Vázquez

Por: A. M. O.


A través de la subjetividad de una joven El polvo recoge testimonios de distintas naturalezas acerca de lo ocurrido en la Ciudad de México durante el temblor de 1985, suceso grabado en la memoria colectiva de los citadinos nacidos antes de los años noventa por sus trágicas consecuencias. La voz protagonista parte de una mirada honesta y hace una reflexión desde las particularidades de su carácter, se acerca a los datos duros y se permite ir hacia la emotividad de las memorias recolectadas. La obra propone un juego escénico sustentado en la convención de una narratividad auténtica -su mayor virtud-, que busca relacionarse con el público de forma directa y crear consciencia histórica, reconocimiento del carácter regional cuyo alcance supera los sesgos generacionales. Aun cuando requiere de contundencia Jimena Martínez logra conducirnos de buena manera a través de su voz personal. Si en una obra tradicional presenciamos durante una hora el desarrollo de algún aspecto del carácter de un personaje, obras como ésta nos sitúa frente a una constelación de momentos y presencias en donde el desarrollo dramático está comprimido en los dos o tres minutos que dura cada estar escénico.

Dicho lo anterior, encontramos que la directora Wendolyne Hernández, sobre un escenario desnudo y con una iluminación demasiado tímida, recorre la multiplicidad de espacios, tiempos y circunstancias sirviéndose principalmente de grandes ladrillos de legos y la expresión plástica del cuerpo de las actrices. Dada la naturaleza del texto, se comprende la tendencia hacia la escases de elementos para concentrar el peso en el aspecto narrativo, sin embargo, aún queda la sensación de un trabajo en proceso. Las actrices alcanzan a construir la escena gracias a su entrega pero es necesario llevar los juegos escénicos a su máxima expresividad para resignificar con mayor eficacia los objetos, la palabra, el cuerpo y en general el espacio escénico todo; deben permitir que suceda la verdad escénica de los elementos propuestos por la dirección.


El planteamiento de El polvo no es descabellado, incongruente ni torpe, logra la nada fácil tarea de que el espectador conecte con las ejecutantes y es de agradecerse la reflexión acerca de un hecho que parece superado, arriesgándose a exigir las capacidades creativas individuales a través de un texto fresco y nostálgico. El proyecto dirigido por Wendolyne Hernández requiere continuar su proceso creativo ya que la creatividad artística es más una incansable búsqueda que un resultado y únicamente en esa búsqueda El Polvo podrá adquirir su naturaleza de materia fina capaz de causar efectos sobre las propiedades y el comportamiento de la atmósfera perceptiva del espectador.

Un teatro para “otros” niños/ Inuk, una aventura polar (Creación colectiva)

Por: David Emmanuel Barrera Sanchez


El Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM, ofrece dentro de su Temporada Teatral de Primavera 2014 una serie de obras con temáticas variadas, todas ellas con una participación activa de sus estudiantes. Inuk, una aventura polar se presenta los viernes a las 17:00 hrs. en el Aula-Teatro Rodolfo Usigli de la Facultad de Filosofía y Letras. A lo largo de una hora los actuantes reflejan un resultado limpio y meticuloso de dirección, acompañado de una producción esmerada, transportándonos a un mundo completamente ajeno al nuestro: Inuit, un pueblo de esquimales.
Pero ¿Qué tiene de particular Inuk, una aventura polar? La historia: Sencilla, profunda y humana. Inuk vive la separación de su pueblo y recurre al chamán quien le ayuda a emprender un viaje en busca de aquello que el pueblo ha perdido y que representa la salvación. Todo esto es enmarcado por una conferencia en la que pasan de lo obvio a lo sublime y terminan atacando con un sinfín de imágenes en cada escena. El trabajo de las conferencistas y el conserje complementan y dan más fuerza a los elementos de producción dotándoles no sólo de voces sino de personalidad y profundidad ya que esto da vida a animales que Inuk encuentra en su viaje; el chamán es vivificado por el único actor que a la vez nos invita a la ficción. Otro elemento importante son los juegos con una escenografía cambiante y que tiene siempre una incidencia dramática en cada situación que la historia plantea, con esto vemos que el paisaje distante que rodea a los esquimales es llevado a escena con elementos sencillos: Telas, gorritos con peluche, etc. Sumada la iluminación, todo en conjunto crea tanto la cima de una montaña como el fondo del mar congelado.
De todo lo anterior, entonces ¿Qué es lo más especial de esta representación? La historia de Inuk, una aventura polar cumple con su propósito de llegar a los niños; el hecho teatral presentado en el Aula-Teatro Rodolfo Usugli trasciendé al adulto. No había rostro que no mostrara preocupación, miedo, alegría, ternura y alguna que otra lagrima. Inuk, una aventura polar es una bella historia fusionada con un hecho teatral contundente y creativo. Este trabajo va más allá de sólo entretener, eleva nuestro espíritu y despierta al niño que duerme dentro de un tabernáculo de adulto.




ABDICACIONES De: Gloria Arellano y Fernando Narváez

Por David Alberto Pérez López


La Temporada Teatral de Primavera 2014 de la Facultad de Filosofía y Letras está por concluir, pero aún quedan un par de funciones sobre las tres obras que se muestran. Abdicaciones es el caso que ahora nos ocupa.
El espectador ingresa a un espacio que está dispuesto a manera de teatro arena: puede ocupar su lugar en cualquiera de las cuatro gradas que rodean el escenario central, que se trata de una oficina de un despacho jurídico. Las esquinas de este cuadrado también son espacios de los que se vale el espectáculo para señalar la cama de una mujer atenta a su cuantiosa medicación, el guardarropa en la habitación de una mujer ocupada en su apariencia dominada por el color rosa, una apartada mesa de un bar en otra esquina y una cabina radiofónica por último; estos dos pertenecientes a un par de hermanas que ahondarán la cercanía de su relación en la obra. Desde el inicio las actrices están interactuando en estos espacios de manera que introducen al espectador en cada uno de sus mundos y cómo estos empezarán, después, a entrecruzarse.
El texto, de Gloria Arellano y Fernando Narváez, revela los mundos intersectados de estas cinco mujeres en los que cada una busca cumplir sus deseos y hacerse oír por la otra. La obra ofrece una visión amplia de los distintos fragmentos bajo los que pueden observarse las relaciones humanas actuales: escindidas, banales, necesarias. De todo el espectro de la compleja interacción humana, Abdicaciones se ocupa de las renuncias con las que el mundo femenino debate hoy en día para hacer escucharse. Gloria Arellano también dirige la obra y deja ver estas relaciones con fluidez y con transiciones logradas. Hay acciones simultáneas en los diferentes lugares, sin desconectar la atención del público de la situación central; aunque para los espectadores de las primeras filas el espacio que está al otro extremo de su asiento no pueda ser visualizado del todo, por la presencia de ortos espectadores, y el desarrollo de la escena sólo se atienda por las voces de las actrices.
Noemí Cisneros da cuerpo a una abogada despreocupada por los asuntos ajenos con gran detalle y dominio. Rebeca Roa también consigue presentar con veracidad su personaje, una modelo a quien le ocupan los momentos fútiles con gran confianza y credibilidad en los otros personajes. Nandi Carmona se muestra entregada a su papel y conduce con precisión la emotividad de su mujer hipocondríaca. Haría falta más trabajo en las intenciones de Beatriz Bermúdez a quien llega a sobrepasar Leilani Cruz en los momentos en que conviven ambas hermanas.
El vestuario apoya al espectador para distinguir a cada personaje así como la iluminación de Selena Peña concreta los diferentes espacios de la obra. También son acertados la escenografía y el audio elegidos por la directora. La obra podría acrecentar su ritmo si se busca una precipitación más contundente sobre el desenlace de los mundos de estas mujeres y las renuncias que hacen unas por otras.

La obra se presenta los viernes hasta el 16 de mayo a las 19:00 hrs en el Aula-Teatro Escenario del Auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras.

lunes, 13 de enero de 2014

MANUEL CAPETILLO PARTE II


 O la eterna historia del individuo desintegrado por el sistema
PARTE II

Decidido a resarcir su figura en la medida de mis posibilidades, comencé a investigarlo y dejo en esta segunda parte, el resultado de esa búsqueda.

MANUEL CAPETILLO

Nace en la ciudad de México, el 17 de diciembre de 1937. Su formación familiar, con fuerte contenido del catolicismo, mediante la oración diaria, las preferencias litúrgicas de Semana Santa y el equilibrio difícil entre culpa y deseo de la vida eterna, resulta ser una formación que poderosamente influye para que Manuel Capetillo tenga la experiencia monástica, en la comunidad benedictina de Santa María de la Resurrección, en Cuernavaca, entre 1956 y 1961.

Posteriormente cursa varios años en la Escuela Nacional de Arquitectura, y en la Escuela Nacional de Música pretende muy tardíamente estudiar la carrera de composición.

Los tormentos y gracias espirituales, alimentados por la vida familiar y por una familia monástica renovadora hasta el grado de lo revolucionario, lo rebelde, y lo que a la corrupción se somete, más el deseo de crear espacios materiales y espacios musicales, en Capetillo contribuye a sellar una desbordada vocación espiritual a través del ejercicio literario. Con la memoria del canto y de la poesía de la oración, y con el recuerdo inicial del personal adentramiento, hacia los treinta años descubre su inclinación por la escritura.

La obra de Manuel Capetillo es una acumulación de textos y de series de textos en torno a la idea de la muerte y la vida, la creación y la recreación, el fin y el comienzo. Acerca de Capetillo, conviene señalar que, tras sus cuentos, los cuales son anuncio de imágenes visuales poéticas que habrá más tarde de reiterar de modo constante -imágenes en torno al agua, el viento, el fuego, la tierra, la palabra, lo ritual, el sacrificio, la transfiguración...-, él hilvana una obra densa y multiplicada, la cual crece sin cesar, con pretensiones de un encuentro con lo absoluto, desde la escritura cotidiana.

Capetillo es autor de obras, las cuales son libros de libros; obras entre las que destacan Plaza de Santo Domingo (Harper & Row Latinoamericana; obra completa, cinco libros en un volumen, 540 pp.) y El final de los tiempos (CNCA/ LUZAZUL; ocho libros en un volumen, 400 pp,), más otros libros sumados sin fin, los que de esta obra se desprenden: Paraíso perdido y recobrado (Un poema en tres partes dividido: / Serpiente / Superficie / y Escalera (DGP / UAM/ Molinos de Viento), Reinvención del Paraíso (prosa poética, relato amplio aún sin publicar), o incluso el ensayo titulado Límites de La muerte de Virgilio/Hermann Broch: más allá del lenguaje...

Como se ha dicho, la obra de Manuel Capetillo corresponde a un orden musical y simultáneamente arquitectónico. Es una obra construida lentamente, cada vez con mayor conciencia de una búsqueda precisa: la edificación de un templo y la persecución de su mayor altura.

OBRA PUBLICADA*
Novela: El cadáver del tío, FCE, 1971. || La galería dorada, Oasis, Los Libros del Fakir, 1977. || Plaza de Santo Domingo, Joaquín Mortiz, 1977. || Monólogo de Santa María, UV, 1985. || Plaza de Santo Domingo, Harla, 1987. || Paraíso perdido y recobrado. Un poema en tres partes dividido, Ediciones para Obsequio/MC, 1994. || El canto de la palabra, Ediciones para Obsequio/MC, 1995; Conaculta (Práctica Mortal), 2002. || El retorno de Andrés y otros viajes, Aldus, 1996. || La espiral del agua, FCE (Serie Espiral, núm. 2), 2000.
Teatro: Los experimentos, Finisterre, 1972.
Varia invención: La espiral de los tiempos, Ediciones para Obsequio/MC, 1996. 
Recursos electrónicos
Muestra literaria: Cuentos de Manuel Capetillo en Ficticia, ficticia.com
*(Probablemente sea una bibliografía limitada y haya más textos que desconozco)


TEXTOS
UN COMIENZO
Yérguese la adolorida tierra. En la sangre derramada inútilmente se hunde la sangre, hallándose ahí a la sangre, derramada como alimento de la vida. Se mezcla la obscuridad con la luz. Aún quedan confundidos el trigo y la cizaña. Es tan solo imaginación paradisiaca la montaña imaginada por Caín, donde son corona de penumbra las infinitamente distantes figuras de los padres del mundo original. Se escucha todavía el primer llanto de la parturienta, cuando Adán y Eva se dirigen al valle obscuro del abismo.
De la descensión celeste se precipita la lluvia de rocío blanco sólido de luz. La roca brota aguas caudalosas en los desiertos, y esa agua en odres de vino se contiene en los caseríos nocturnos. Se vive en fiesta, no obstante la consecuencia provocada por el engaño. La muerte triunfa, pero más que nada ronda inútilmente, asustada de sus particulares temores.

TIEMPO DE REFLEXIÓN
Fue por los pasillos obscuros de esa concavidad, en la que él provisionalmente vivía. Tomó con la mano derecha una curvatura desconocida y sensible, persistiendo mientras una exclamación, ahogada por el intolerable dolor que alguien sentía en torno suyo, temblorosa esa mano, y así también su cuerpo, enteramente. La cabeza flotaba, modificando su forma, y el delgadísimo conjunto de huesos, y de nervios y músculos, siendo cada parte, sobre todo, agua, y también flotaba el agua misma y sola que lo constituía, todo él flotando en ese mar estrecho y abundoso que semejaba una abultada gota de líquido, dentro de la cual supo crecer y estirarse largamente, cuanto pudo. Volvió a mirar, tras esa sensación, y en su mano estaba una cierta materia, similar a la carnosidad espumosa de las esponjas marinas, ni de metal ni de madera ni de nada, excepto de carnosidad humana confundida, que más se confundía, eso sí, con la puerta cerrada que se abría a la luz. Se detuvo dentro, y él mismo clausuró la abertura momentáneamente, deslizándose a la comodidad obscura, a fin de reflexionar con sensatez antes de tomar decisiones respecto a las que, más tarde, debiera arrepentirse.

REUNIÓN
En orden el sitio. Mesa y platos, limpios. Aún podría venir. Durante la madrugada, aguardando, me entregué al sueño. La lluvia cesó, si acaso, cuando me encontré despierto. Mis manos recorrieron la longitud de su cabellera, enredada entre los árboles. Presentí que su boca huía de mi boca, ella adentrándose, llevando consigo al bosque en la obscuridad de la selva y la tormenta. Más lejos, invisible para mí, adivinado, un resplandor. Me detuve, a sabiendas de que, en mis manos, y entre mis dedos alargados, algo hubo. Me acomodé en la mesa inexistente con intención de conversar. Decidí al fin encaminarme al sitio de la espera. Imaginé que allá, en la distancia, la noche me aguardaba. Luego aceleré mi prisa detenida, incesante.

INFORMACIÓN DE:


miércoles, 8 de enero de 2014

MANUEL CAPETILLO PARTE I

MANUEL CAPETILLO
(O la eterna historia del individuo desintegrado por el sistema)
PARTE I

Todos los viernes en Ciudad Universitaria, cerca de las tres de la tarde, un viejito de paso lento y contemplativo, con bastón y bolsa, con una pulcritud perfecta y de semblante amable, de carácter serio, seco, concreto y sin ningún problema, no al menos que echara sobre la humanidad para descargarse en foros innecesarios como generalmente hacemos todos de alguna u otra forma, bajaba del pumabus y se dirigía a la Facultad de Filosofía y Letras para dar el Taller de Crítica durante las siguientes cuatro horas, a un grupo de inconscientes estudiantes de la carrera de Literatura Dramática y Teatro, inscritos en la igualmente olvidada “especialización” en Dramaturgia. Por entonces, estábamos ávidos de escribir y expresar nuestras ideas acerca del teatro, del cine y verter allí nuestra propia visión del mundo y lo que menos teníamos era paciencia. Desconocíamos y como en esos casos nadie se atrevía o dignaba a decirnos (algunos lo aprendimos a tropezones), que en ese momento no teníamos referentes, ni amplia percepción, ni experiencia estética, ergo, no teníamos una visión del mundo en ese reducido y coludido universo maternal universitario donde nos educábamos; así que cuando llegamos a clase y vimos a un viejito con la bolsa sobre la mesa, sentado con la pierna cruzada, frente a una serie de sillas vacías, recargado sobre el bastón, perdido en pensamientos o quizá incluso en esa nada en donde se resuelven los dilemas cósmicos del individuo, hicimos lo primero que hacen los ignorantes y los petulantes frente a lo desconocido, frente a aquello que rompe sus parámetros, frente a aquello que les resulta inexplicable: lo negamos.
Después, cuando supimos que antes de escribir teníamos, irónicamente, que ver, escuchar y sobre todo, el dolor de cabeza de todo universitario: leer; y teniendo en cuenta que por entonces dentro del Colegio había dos o tres profesores que causaban revuelo entre los alumnos, ya sea por su fama déspota o su hiperactiva belleza, estar sentado cuatro horas viendo películas largas, gélidas y en blanco y negro; o estar escuchando cómo hablaba acerca de la observación artística, de las esencias originarias, de cómo -¡carajo!- Octavio Paz concentraba una buena parte del pensamiento filosófico y semiológico de occidente para explicarnos que las palabras son indecibles; o escuchar durante algunas horas música clásica, esa que todos conocemos pero nadie ha atendido completa y atentamente, nos desesperaba y perdíamos el ánimos, lo que se reflejaba en las inasistencias, postergaciones y desprecios. Un par de veces lo dejamos durante tres horas, sentado solo frente al salón en el silencio mordaz de un viernes universitario, con las voces enardecidas de borrachos, drogadictos y enamorados que atiborran impunemente la Ciudad Universitaria. Para nosotros era un anciano desconocido al cual, casi como limosna, le habían dado una clase para que sustentará su vejez; un anciano acabado que ante su falta de fuerzas y de renombre -porque en la universidad como en la vida en México lo que importa es el renombre aunque no hayas hecho nunca nada que valga la pena- nos hacía perder el tiempo leyendo el Mono Gramático, Esculpir el tiempo o viendo películas que duraban tres horas como mínimo y que no eran del afamado y casi idolatrado Ingmar Bergman, que para unos estudiantes de grandes expectativas pero de mente corta, como suelen ser los teatreros, esto era casi un sacrilegio.
Sin embargo, pasó el tiempo y pronto asomó la verdad su rostro burlón y severo, y como toda verdad fue irrefutable; hacia el final del semestre, algunos estábamos completamente seguros de que ese viejito escondía algo, que tenía algo qué decir y que no eran tonterías ególatras ni fantasías académicas, ni líneas ideológicas u oscuras tendencias, como sucede con casi todos en el CLDyT y comenzamos a escucharlo y lo escuchamos. Ese viejito, que se comportaba como un buen entrenador de box, haciéndonos repensar una y otra vez el discurso, los argumentos, los planteamientos de textos ajenos y propios, los elementos simbólicos en la filmografía de Andrey Tarkovski y que nos iba ayudando a cimentar un criterio a base de conversaciones, confrontaciones y discusiones grupales y que además de todo nos permitía conservar nuestra identidad, era, es y sigue siendo un perfecto desconocido, un perfecto marginado del CLDyT.
Pasó el tiempo y no podíamos siquiera recordar su nombre, pero yo sabía cómo leer a Octavio Paz, entendía desde dónde ver la filmografía de Tarkovski, el cine que anda por esa misma línea, entendí porque Bergman es el favorito de snobs de cafetería de moda, comprendí cómo ver el cine y casi como giro de tuerca en película de acción Hollywoodense, de pronto se afinó mi percepción de los acontecimientos escénicos en cuanto a la simbología y la construcción del discurso; finalmente pude expresar una crítica sin temor a mi personalidad pero con un juicio crítico que no me avergonzaría porque no sería servil, mercenario ni estúpido. Una vez revelado esto supe dos cosas, la primera, que aquel viejito de cuyo nombre no me acordaba, había sido uno de los mejores profesores de la carrera con quien tenía una deuda moral; y segundo, que me había convertido, igual que él, en un marginado de los “marginados a la carta” quienes pertenecen como fieles devotos o son dueños de las formas y los medios tanto en el Colegio como en el medio artístico en general.
Siguió indolente el tiempo su marcha y el viejito murió; cambió el plan de estudios y la clase se convirtió en optativa y no hubo ni una sola mención, un pésame, algún comentario de parte de nadie, porque para la institución él era un “Don nadie” y vi en dicha situación, una vez más, el rostro voluble, mercenario y vil de la “comunidad” que únicamente vuelve su mirada por cosas tan vulgares como el placer o el dinero. Ahora, el pasado diciembre se cumplieron 76 años de su nacimiento y 5 años de su muerte. Su vida es tan interesante como misteriosa, su soledad, su desesperación, su enojo de desposeído, su visión religiosa, su imposibilidad, entre muchos otros aspectos, se ven reflejado en sus textos. Sé que esta reseña biográfica llegará a pocas personas y que serán menos quienes tengan la curiosidad o el ánimo de llegar hasta este punto, puesto que no es una figura de moda o de reflectores, sin embargo, así como eran el espíritu de su taller, estas líneas son, como diría Rubén Bonifaz Nuño:

“…para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia
porque no serán consolados,
los que no tendrán, los que pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.”

Para los que llegan a las fiestas…
Los demonios y los días, 1956