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miércoles, 6 de junio de 2018

UNA MUJER FANTÁSTICA

En mi sección: cosas que ya todos vieron excepto yo, pero como acabo de verlo hablaré de ello, presento:



UNA MUJER FANTÁSTICA
(que no era mujer ni fantástica)


Es una linda película (y sí, lo digo con un poco de ironía) que aborda el tema de la cerrazón y los prejuicios que ocasionan la discriminación contra las diversas formas de vivir la sexualidad. Sin embargo, estando de moda y como gusta a la Academia Hollywoodense en los temas de este tipo (no es de extrañar que ganara el Oscar), el tratamiento es ligero y asimilable, es decir, está suavizado por la constante presencia de una historia de amor rosa convencional, aun cuando en apariencia el personaje principal no lo sea. Es decir, el tema de la película es complicado, pero Una mujer maravillosa lo aborda de forma endeble, a través de una visión de mundo de víctima, muy a la usanza millennial. 
De ninguna manera es un argumento transgresor, que confronte a la sociedad con sus prejuicios y promueva la inclusión o la tolerancia desde la reflexión; quien así lo piense, es porque ignora  el cine de contracultura de la segunda mitad del siglo pasado, que trataba el tema con obras más arriesgadas y comprometidas, en una época en que para los realizadores de este tipo de cine les era vital expresarse porque hablar del tema no era políticamente correcto y el puritanismo, así como la homofobia, se habían posicionado con inusitada fuerza. 
Con todo, aun cuando termina siendo una convencional historia de amor, fantástica por idealista y no por extraordinaria, siempre será mejor que haya películas con temas que todavía se le complican a la sociedad, sobre todo cuando la orientación sexual sigue siendo motivo de escándalo para quienes es más importante reforzar una postura, obtusa e irracional, aun cuando esto atente contra la dignidad humana.



ANTONIO MEJÍA ORTIZ
antoniomourder@gmail.com

martes, 14 de abril de 2015

CRÓNICA DE UNA CONVIVENCIA ANUNCIADA

Hoy se realizó la conferencia de Jorge Dubatti en el Centro Cultural Universitario, organizada por Teatro UNAM a cargo del Mtro. Singer, ocasión que compartí con la querida Anna Fierling, cuyo conocimiento en filosofía me intimida un poco, pero como es muy paciente, pudo soportar mis ignorancias. Fue un bonito día con una charla muy amena antes de la conferencia que me sacó de mi clásico aislamiento sociópata de lunes y hasta nos dieron boletos gratis para el teatro; conocimos a personas interesantes, una de las cuales nos llevó a un rápido y bello recorrido por los años 50´s, que frente a un grupo de tontos -de los cuales nos reímos- que en la fila hablaban de "Entrevista con el vampiro" y pensaban cuál de sus preguntas idiotas harían al final, hicieron que anheláramos esas épocas que no fueron doradas pero donde todo parecía menos líquido.

Pues bien, la charla de Dubatti giró en torno, prácticamente, a lo que se refiere en el video que de nuevo posteo. Esto para generar un Aula de espectadores promovida por Teatro UNAM como una actividad cultural para los amantes del teatro con ojo experimentado pero también para dotar de herramientas a aquellos que están interesados en las artes escénicas y que luego no saben desde dónde agarrar los espectáculos en esta pluralidad de poéticas personales. Propio de las chambonadas mexicanas, esta propuesta que es legitima, interesante y con mucho potencial, no tardará en tener éxito y por ende, en ser acaparada por los snobs, adoradores del lucimiento personal: "¡¡¡¡Es Dubatti!!!!". No soy malinchista ni pesimista ni arenoso, pero todos sabemos que la comunidad universitaria responde a las modas, los renombres y lo popular antes que a lo que podría ser significativo para el crecimiento personal en torno a las necesidades de una comunidad (prueba de ello es que esa misma comunidad teatrera no sólo ignora sino desprecia las producciones independientes, los discursos y las poéticas de sus egresados, las que valen la pena, claro).

Respecto a esto, recordé que hace ya varios meses Vera Milarka​ organizó un taller de crítica teatral llamado "Los significantes de la puesta en escena", con una dinámica por demás interesante que nos dotó, a quienes asistimos con seriedad, de herramientas técnicas y discursivas que siguen y presiento que seguirán siendo significativas, sobre todo por la información tan reciente acerca de las nuevas tendencias de las artes escénicas y por la perspectiva de romper con lo prejuicios estéticos y darse a la tarea, como buen espectador, de involucrarse en el acontecimiento, ya sea teatro clásico, tradicional, performance o cualesquiera. En ese taller, antes de involucrarse en la crítica teatral como tal, reflexionamos acerca de nuestra posición como espectadores que espectan (que podría parecer un pleonasmo pero no lo es) y eso nos condujo a organizar nuestros pensamientos críticos de manera lógica, sustentada y sobre todo creativa, sin romper con las normas propias del género. También me recordó los textos de la Mtra. Paloma López Medina Ávalos y su recorrido por el laberinto estético del teatro mexicano, especialmente su tésis de Doctorado y el artículo "Elena Garro y Juan Soriano: la búsqueda poética del quehacer teatral” (en Investigación Teatral no. 8, julio- diciembre 2005.); y finalmente a la Mtra. Cecilia Farías Calderón y su investigación acerca de la meta-teatralidad.
En la charla de hoy, una tonta preguntaba si resultaría bien el "Aula de espectadores" porque -según ella- en México no se había hecho nada así; inmediatamente se le dieron varios ejemplos de propuestas parecidas y eso me dejó pensando en los tres ejemplos que antes he mencionado de estas  Mujeres de teatro (que tengo el gusto de conocer en persona) y en el trabajo que han venido realizando desde siempre (y aquí pueden entrar todos aquellas personas que conozco y que día a día se mueren en la raya realizando su trabajo artístico o intelectual sin ningún tipo de reconocimiento y a pesar de las dificultades personales, emotivas, propias del trabajo, económicas, etc., pero hoy me delimito al asunto tratado).

Hasta aquí mi crónica/reflexión sobre este día. Concluyo que si bien las virtudes de la propuesta y los planteamientos de Dubatti son innegables, no hay intelectual ni herramientas del saber que pueda enseñar a apreciar el valor de un espectáculo, artistas o persona, si antes no nos liberamos de la mezquindad de la apariencia y de las actitudes convenencieras y/o de mero lucimiento personal.
Buenas noches amigos y enemigos.

https://youtu.be/UQfwvdLvZlQ

viernes, 20 de marzo de 2015

Onírica Drama presenta

En la sombra tus ojos 

de Israel Antonio Mejía


SINOPSIS:
Un hombre y una mujer se encuentran recluidos en una relación amorosa autodestructiva, que acontece y se repite en el curioso universo de las permutaciones. Aquello que sucede en escena puede ser una esquizofrénica alucinación, una patética realidad, una esperanza falaz y malherida, un fenómeno metafísico, etc. Y también, puede ser todas a la vez en su no poder ser lo que ambos desean.
 — con Onirica Drama,Antonio MejíaJose GrimAleph AntonioCanek García RamosMarina González AguirreEmmanuel Obregón y Bleu Zaira.







martes, 19 de agosto de 2014

THE GRAND BUDAPEST HOTEL

La Insegura, vanidosa, superficial, rubia y absorbente épica de Wes Anderson ó
Una crítica que no encaja con la Revista Icónica



FICHA TÉCNICA:
Dirección:             Wes Anderson
Producción:          Wes Anderson, Jeremy Dawson, Steven M. Rales, Scott Rudin
Guion                     Wes Anderson
Música                   Alexandre Desplat1
Fotografía              Robert Yeoman
Montaje                 Barney Pilling
Género:                 comedia
Estados Unidos, 2014, 99 minutos
Reparto: Ralph Fiennes, Saoirse Ronan, Tilda Swinton, Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Adrien Brody, Edward Norton, Harvey Keitel, Jason Schwartzman, Owen Wilson, Bill Murray, Mathieu Amalric, F. Murray Abraham, Jude Law 


Por: Antonio Mejía Ortiz

Wes Anderson presenta la fantástica aventura de Gustave H (Ralph Fiennes), legendario conserje del famoso Gran Hotel Budapest, que es inculpado por el asesinato de su millonaria amiga, amante y huésped, quien le ha dejado una pintura invaluable como herencia. Acompañado por Zero Moustafa -el chico del vestíbulo a quien convierte en su protegido-, y rodeados de una planilla amplia de singulares personajes, representados por un magnífico reparto, sortean una serie de eventos límite durante el periodo europeo de “entre guerras”.

Sirviéndose de recursos narrativos adaptados al cine como “el teatro dentro del teatro” o la intertextualidad utilizada por Miguel de Cervantes al darle vida a Cide Hamete Benengeli[1] en Don Quijote de la Mancha, este filme es una soberbia exhibición de polifonías rítmicas y tonales, así como de matices respecto a los géneros por los que transita con agilidad y elegancia; si bien en general se trata de una comedia que ubica su expresionismo en el tratamiento de la paleta de colores y el tipo de actuación propio del humor inglés, hay referencias características de la “Pieza chejoviana” y el “cine negro”, obviamente exaltando el sentido irónico y patético de temas complicados de abordar como el miedo, la violencia, la injusticia, y la corrupción del grupo hegemónico en turno, frente a los errores de carácter del individuo, sin caer en panfletarismos o chauvinismos.

El planteamiento que en sí podría parecer superfluo -pues no penetra en la psicología de los personajes-, genera profundidad épica al arroparse de una serie de “personajes tipo” trabajados a detalle y asimismo, de gran cantidad de pequeñas historias apenas insinuadas en su azarosa presencia que sin embargo construyen la causalidad que cimenta el obsesivo equilibrio plástico y argumentativo de la acción toda, cuya progresión dramática resulta de la confrontación entre el comportamiento moral de buenos y malos que por momentos se difumina; y, el sentido último de sus intenciones, al margen de las tendencias innatas. Así, Wes Anderson erige una atmósfera emotiva que absorbe nuestra psicología para definir los rasgos de carácter de los protagonistas que en busca de la verdad o defendiéndola, serán derrotados o caídos en decadencia a causa de los accidentes históricos que le dieron identidad a la primera mitad del siglo XX.

Dicho equilibrio se nota en la simetría visual de los escenarios, en el manejo de los planos y la maquinaria escénica a cuadro que propone una especie de sistema fractal, donde cada escena, cada situación, como los personajes mismos, son reflejos o desdoblamientos unos de otros, en un juego del montaje donde lo general va edificando lo particular y a su vez, dado que la resolución del misterio no es el objetivo principal, lo particular en síntesis del entramado general. El diseño sonoro es una delicia de ritmos y “tempos”, donde se orquestan los sonidos incidentales con la banda sonora, con los encuadres y los planos e incluso con la musicalidad de los diálogos y sus inflexiones.

The Grand Budapest Hotel es una obra maestra, “una ilusión con una gracia sorprendente acerca de los vagos destellos de civilidad en este matadero salvaje que alguna vez fue la humanidad”[2], cuya naturaleza meta-argumentativa trasciende el universo cerrado de la película, pues estando inevitablemente ligada a la personalidad de su creador, es también similar a su protagonista: “insegura, vanidosa, superficial, rubia y absorbente[3]”, como todo lo trascendente en el mundo de las formas.



[1] Cide Hamete Benengeli es un personaje ficticio, supuesto historiador musulmán creado por Miguel de Cervantes en su novela Don Quijote de la Mancha, quien sería el escritor de gran parte del Quijote. La novela sería entonces la traducción de un texto antiguo en árabe que relata hechos verídicos. Miguel de Cervantes Saavedra. Don Quijote de la Mancha. Real Academia Española. Alfaguara. capítulo IX. P 87.
[2] The Grand Budapest Hotel. Wes Anderson. 2014.
[3] Ibídem.

lunes, 28 de julio de 2014

CRÍTICAS CRÓNICAS: Pequeña Biopsia Teatral

POR: ANTONIO MEJÍA
Hace algunas semanas asistí al festival de teatro TICA-LABS 2014 en el foro Hugo Argüelles, donde se presentaron varios grupos de estudiantes del CLDyT y algunos otros invitados de corte independiente, para mostrar el resultado de un año de trabajado. Luego, estuve presente en la penúltima función de Autorretrato en sepia de LEGOM, dirigida por Martín Acosta, en el Juan Ruiz de Alarcón del CCU de la UNAM (¡qué coincidencia!). También acepté la invitación a Calidez de Juan Cristóbal Castillo dentro de la inadvertida muestra de Dramaturgia contemporánea mexicana en el teatro Wilberto Cantón de la SOGEM. Al final, me sorprendió encontrar una serie de similitudes aun cuando lo mostrado en cada escenario era radicalmente distinto en sus pretensiones.

En todos los casos, el público no cubría ni la mitad del afore y se dividía entre asistentes de buena voluntad, paleros y algún curioso despistado, que los hay siempre. Al margen de su condición e independiente del escenario, encontré una actitud escasamente comprometida con el otro, como si estuvieran ciertos de recibir acalorados aplausos y elevadas muestras de admiración. Esta condescendencia que en el medio artístico sucede especialmente cuando las galerías y los supermercados son cada vez más parecidos, no tendría relevancia si el hecho escénico no estuviera comprometido.

Aclaro que entiendo el teatro como una insinuación que hace el artista desde y obligado por los impulsos de su narrativa personal; dicha insinuación es traducida o resignificada por el espectador desde y por las necesidades de su propia narrativa, de tal modo que no importa lo sucedido en el escenario, será siempre una resignificación plástica de un planteamiento textual o literal. Por lo mismo, el teatro nunca es sólo texto, ni se refiere únicamente a la tridimensionalidad que lo hace posible. Es ambos, pero ninguno. Es el resultado de las posibilidades expresivas al servicio de una concepción de mundo; y aun cuando pueda resultar inaccesible -como decía T. Kantor-, sí hay rasgos socioculturales que la determinan y permiten la comunicación con el otro, el cual es imprescindible.

Considero que en general el teatro mexicano se hizo viejo y que sobrevive de la descomposición de los que fueron sus postulados más vanguardistas, recogidos en su mayoría en el extranjero. De allí la dictadura de las taxonomías teatrales que intenta clarificar todo en la materialidad del objeto escénico y al mismo tiempo, la postura cerrada a cualquier comunicación o interlocución que salga de los parámetros establecidos, incluso si se trata del espectador mismo; de allí, la canonización artística promovida a través de un conformismo vanguardista oficial que alimenta las expresiones artísticas burocráticas y políticamente correctas, especialmente si “lo incorrecto” está de moda y el artista se encuentra preocupado por no ser rechazado. Vemos artistas que se niegan a la verdad del estar escénico -sea una lectura dramatizada universitaria o una super-producción de pretensiones universales-, para acarrear simpatías o adoradores, cuando le es necesaria a toda expresión artística ejercer esa doble fuerza de rechazo-atracción.

Estamos frente a un teatro cuyas “miradas transversales” no alcanzan para generar un espacio escénico que construya una atmósfera multisensorial que abstraiga al intelecto desde la emotividad de los elementos expresivos que nos igualan como seres humanos, dentro de una región y una época que a su vez converse con todas las regiones del mundo y todas las épocas. Teatro que confunde la riqueza visual con la riqueza de objetos; y la sobriedad en la utilización de los medios expresivos del actor, con una actitud irresponsable. Así, se confunde la acción como elemento de la historicidad del actor al servicio de la expresión ficticia (emotiva, racional, psicológica) de un carácter o argumento, con las interacciones técnicas sobre el escenario.

Lo que ocasiona un teatro donde ejecutantes y espectadores desestiman la responsabilidad de mantener un estar escénico y así, el público se vuelve complaciente e irreflexivo y vulgariza el sentido de celebración-comunión para exigir diversión mientras come sus palomitas y bebe su refresco sin azúcar. Asimismo, la idea de lo espectacular se presenta como un mero artilugio del decorativo y no como un medio que, integrado en la construcción del espacio escénico, funcione para abrir eficaz y contundentemente nuestra sensibilidad estética, cumpliendo su fin universal: conmover. Finalmente me pregunto qué de significativo hay en lo presenciado; y regreso a casa dispuesto a explicármelo a través de estas líneas que ahora comparto.
De este modo considero que se expresa claramente el espectro visible de la crítica dramática y el estilo de este espacio dedicado al teatro; que siendo parte indisoluble del mismo, no estaría completo sin usted, estimado lector.