martes, 6 de enero de 2015
martes, 11 de noviembre de 2014
Todos hablaban de la Muestra Nacional de Teatro... yo sólo quería ser popular
Acabo de leer "Que si del DF… Que si no… / Reflexión a propósito de la programación en las muestras nacionales de teatro.", artículo de David Gaitán; y enseguida, haciendo honor a mi dispersión respecto a lo que acontece en el "Medio teatral mexicano (quién sabe qué sea esa cosa)", el artículo "La última Muestra Nacional de Teatro", de Enrique Olmos, que se pueden leer en http://teatromexicano.com.mx/revista/articulo.php?id=1298
No quiero referirme a partes específicas de los artículos, porque si ya hay mucha gente desconocida que me odia, no deseo ganarme la enemistad de gente -digamos- reconocida. Sin embargo, me pareció interesante desde dónde se toma la discusión acerca del centralismo cultural respecto de las expresiones escénicas en México y hacia dónde se dirige. Y para no hacer un extenso texto con mis opiniones personales que nadie va a leer porque, como podría decirse, no tengo cartel ni cártel ni nada, sólo diré que esta discusión me recuerda esa bonita parábola de El hijo pródigo, que para asuntos bíblicos está bien, pero aquí no la chiflen que es cantada...
Y concluyo con muchas obviedades:
1.- Aunque en México -por lo menos en el D. F., que es el origen de tal problemática-, todos adoran el teatro argentino, a los creadores y pensadores del teatro argentino, nadie les ha aprendido nada, a excepción de unos cuántos grupos de teatro que siguen por "amor al arte".
2.- Aunque todos somos muy posmodernos y posdramáticos, nuestra forma de atacar los asuntos artísticos, burocráticos, administrativos y creativos, sigue siendo posrevolucionaria. Aunque si aguantamos un poco y limpiamos muchas botas y recaudamos muchos votos, puede ser que sí, que algún día la Revolución nos haga justicia, como a ciertos personajillos que andan muy ufanos por instituciones educativas, foros y espacios, que los hay de sobra, usted escoja.
3.- Que nuestra discriminación es tan sofisticada que pasa como inclusión y diversificación.
4.- Que a pesar de todas las tendencias de ruptura y vanguardia; de todas las formas de expresión escénica en el mundo a las que tenemos acceso, nuestra visión es mucho peor que la del colonizado, es la del siervo.
5.- Y por lo anterior, que si Vargas Llosa tenía razón (de nuevo muy de moda en estos días), Octavio Paz tenía más razón, ya que la primera es consecuencia de la segunda.
6.- Que si El Teatro es un negocio que se rige por las leyes de la oferta y la demanda (ni modo), la expresión creativa no (ni modo). El problema es obligar a toda expresión creativa a ser objeto de lucro, en el mejor de los casos; y objeto del onanismo personal, en el peor.
7.- Que se adiestran a montones y montones de estudiantes bajo el mejor y el peor de los casos del problema mencionado arriba y así se crea una atmósfera propicia para todos los errores de carácter de nuestra patética y oscura identidad del teatro nacional o de las expresiones escénicas nacionales.
8.- Que el "centralismo cultural" no le pertenece ni beneficia a los chilangos sino a cierta especie de chilangos, porque como dice el libro "Todos los chilangos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros."
9.- Que en este caso sí, como lo menciona Enrique Olmos, la gran mayoría de aquellos que detentan los medios, los espacios y las posibilidades, en su quehacer diario se la pasan legitimando y avalando aquello que ahora indigna a una nación. Como he dicho antes, De ser un estudiante y/o aspirante a artista convenenciero, preocupado por el "éxito" y el ego personal; de ir creando pequeñas mafias;
de ser un artista que no se compromete con el proceso y la búsqueda y en cambio va acaparando resultados; a la gran corrupción de Estado, hay apenas unos cuantos pasos...
No quiero referirme a partes específicas de los artículos, porque si ya hay mucha gente desconocida que me odia, no deseo ganarme la enemistad de gente -digamos- reconocida. Sin embargo, me pareció interesante desde dónde se toma la discusión acerca del centralismo cultural respecto de las expresiones escénicas en México y hacia dónde se dirige. Y para no hacer un extenso texto con mis opiniones personales que nadie va a leer porque, como podría decirse, no tengo cartel ni cártel ni nada, sólo diré que esta discusión me recuerda esa bonita parábola de El hijo pródigo, que para asuntos bíblicos está bien, pero aquí no la chiflen que es cantada...
Y concluyo con muchas obviedades:
1.- Aunque en México -por lo menos en el D. F., que es el origen de tal problemática-, todos adoran el teatro argentino, a los creadores y pensadores del teatro argentino, nadie les ha aprendido nada, a excepción de unos cuántos grupos de teatro que siguen por "amor al arte".
2.- Aunque todos somos muy posmodernos y posdramáticos, nuestra forma de atacar los asuntos artísticos, burocráticos, administrativos y creativos, sigue siendo posrevolucionaria. Aunque si aguantamos un poco y limpiamos muchas botas y recaudamos muchos votos, puede ser que sí, que algún día la Revolución nos haga justicia, como a ciertos personajillos que andan muy ufanos por instituciones educativas, foros y espacios, que los hay de sobra, usted escoja.
3.- Que nuestra discriminación es tan sofisticada que pasa como inclusión y diversificación.
4.- Que a pesar de todas las tendencias de ruptura y vanguardia; de todas las formas de expresión escénica en el mundo a las que tenemos acceso, nuestra visión es mucho peor que la del colonizado, es la del siervo.
5.- Y por lo anterior, que si Vargas Llosa tenía razón (de nuevo muy de moda en estos días), Octavio Paz tenía más razón, ya que la primera es consecuencia de la segunda.
6.- Que si El Teatro es un negocio que se rige por las leyes de la oferta y la demanda (ni modo), la expresión creativa no (ni modo). El problema es obligar a toda expresión creativa a ser objeto de lucro, en el mejor de los casos; y objeto del onanismo personal, en el peor.
7.- Que se adiestran a montones y montones de estudiantes bajo el mejor y el peor de los casos del problema mencionado arriba y así se crea una atmósfera propicia para todos los errores de carácter de nuestra patética y oscura identidad del teatro nacional o de las expresiones escénicas nacionales.
8.- Que el "centralismo cultural" no le pertenece ni beneficia a los chilangos sino a cierta especie de chilangos, porque como dice el libro "Todos los chilangos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros."
9.- Que en este caso sí, como lo menciona Enrique Olmos, la gran mayoría de aquellos que detentan los medios, los espacios y las posibilidades, en su quehacer diario se la pasan legitimando y avalando aquello que ahora indigna a una nación. Como he dicho antes, De ser un estudiante y/o aspirante a artista convenenciero, preocupado por el "éxito" y el ego personal; de ir creando pequeñas mafias;
de ser un artista que no se compromete con el proceso y la búsqueda y en cambio va acaparando resultados; a la gran corrupción de Estado, hay apenas unos cuantos pasos...
10.- ¡Qué bonito es poder decir que la culpa y la solución la tiene otro, otra cosa... ese...! el Estado, por ejemplo (para mayor comprensión véase el siguiente comentario: https://www.facebook.com/antoniomejiaortiz/posts/888228411188301?pnref=story)
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Teatro
lunes, 13 de octubre de 2014
CARTA A UN JOVEN PRODUCTOR
Querido Productor
de los proyectos
En la sombra tus ojos;
y, El barco inmóvil de mis sueños:
No te descorazones con este proyecto,
todo tiene solución y nada es tan definitivo. Aunque eres bastante decente para
desertar, noto que poco a poco vas perdiendo ánimo a causa de los
inconvenientes ocasionados por terceros y esto sí que me preocupa, porque es tanto
como si yo mismo comenzara a desilusionarme. Hay gente que forma parte de los
proyectos, que formará parte de los proyectos y otros tantos que se relacionan
indirectamente con estos, a quienes no les podemos menospreciar su confianza;
esa actitud no es propia de un artista, ni de un hombre. No es ético. Por el
contrario, toda esta circunstancia requiere de valor, de actitud positiva (no
ingenua ni optimista) y asertividad; como la vida misma, requerimos de
encontrar soluciones a cualquier inconveniente, formas, modos y herramientas
que sumen y sirvan para avanzar, nunca para restar o eliminar. El pretexto de
los malos actores es que “ya no tienen tiempo, energía o interés” en un
proyecto que habían decidido realizar, aun cuando la parte difícil del proceso
no había comenzado; indolentes al tiempo, energía e interés de los demás,
simplemente desertan y sin bien por una parte es mejor siempre alejarse de
aquello que resta, esto no modifica las características negativas una deserción.
Es verdad que Lorena renunció como
Saúl y Mónica, pero actores o gente dispuesta a actuar hay a montones y esto
forma parte de los procesos a través de los cuales se construye la confianza y
se construye un equipo de trabajo. Quizá muchos no lo vivieron porque tuvieron
la fortuna o el buen tino de amarrarse desde que eran estudiantes y esto se
puede ver con muchos trabajos en los que no hay teatro, pero sí voluntad de
seguir haciendo juntos.
También es verdad que todo lo
anterior es un problema y retrasa lo planeado, pero como se dijo antes, toda
obra de arte es en realidad un proceso que va teniendo parámetros como
presentaciones "work in progress" o temporadas, pero no tiene límites
ni puntos límites en lo que respecta al proceso y de allí, quien no soporta ni
siquiera el planteamiento de un proyecto está destinado al fracaso, está destinado
a pasar de una propuesta mediocre a otra, de un trabajo completamente
intrascendente a otro, cosa que sucede hasta en el teatro que podríamos
denominar “Profesional e Internacional”. Nadie va a recordar Beauty Free Helena o Autorretrato en sepia, excepto por el
desperdicio de recursos, sin embargo El
lado B de la materia a mi parecer es trascendente, aun con todas las
acusaciones de plagio que ha pesado siempre sobre A. Villarreal, pero así somos
los mexicanos el “plagio” no nos importa hasta que está bien hecho, tanto que
deja de ser un “plagio” y deviene en discurso personal. De aquí que quien está,
está en referencia al (los) creador(es) de una propuesta escénica. Pero si tú
consideras que a causa de aquello que es anexo al proyecto y que en este
momento se agazapa en su cobardía, por eso no vamos a ningún lado, entonces le
estás restando relevancia al planteamiento del proyecto; y si algo sé, es que
la desesperación propiciada por una urgencia de inmediatez, no es un acto
creativo.
Quizá parezca equivocado en este
mundo nuestro en que se procura la sobre producción de objetos de mercado, la saturación
de desechables, pero ninguna obra maestra ha estado exenta de los problemas que
ahora nos aquejan, ni ha sido manufacturada con premura o basándose en los
lineamientos del sistema en curso. Y aquí vuelvo de nuevo a Villarreal y me
refiero a esa plática que les dió en el curso de Laboratorio donde decía que lo importante es buscar gente que
confíe en ti, en la que tú confíes, con quien se pueda trabajar
independientemente de las circunstancias, porque saben que está construyendo
ese “algo” que es en sí una poética. Quien se va, quien no está, quien claudica
como hacen todos los desertores, nunca estuvo en realidad; pero estos
desertores no determinan las posibilidades de un proyecto, los alcances del
mismo o la verdad de una búsqueda y en ese sentido, los desertores son un
problema no un foco rojo. El compromiso existe y el proyecto se mantiene
mientras quienes construimos el proyecto sigamos con claridad en la ruta de
este quehacer creativo. Pero como también es claro, nada los ata al proyecto y
por muy inmoral y poco ético que me parezca, el mundo les ofrece una infinidad
de “pretextos” y argumentos morales, burocráticos, económicos, etc., para decir
finalmente que desertan porque no vamos a ningún lado, como si el mundo
ofreciera un lugar al cual ir, como si no fuéramos nosotros mismos quienes
hacemos ese lugar al cual ir y como si “no ir a ninguna lado” no fuera
responsabilidad de nadie más que nuestra.
El mundo olvida pronto y está en
constante cambio, si ahora nos vamos y no volvemos, en seis meses nadie nos
recordará, por lo que ninguna puerta se cierra del todo. Y además, un proyecto
interesante, que tiene algo que decir, encontrará siempre una puerta abierta:
la adecuada.
Considero que los procesos amateurs o semi-profesionales,
que parece ser todos los del teatro marginal, es decir, aquellos que llenan de
butacas vacías los pequeños foros en La Ciudad de México, tienen un proceso de construcción
del “montaje” muy caótico, poco serio, sin compromiso ni responsabilidad en
donde el director y el equipo creativo se da por bien servido de llegar a las
ocho o dieciséis funciones que siempre van a menos, mismas que no tienen
ninguna significatividad para nadie; y esto hace pensar que no se puede
comprometer a un espacio, una institución o foro par a abrir los espacios a un
proceso digno y real; y así, el arte va siendo determinado por la burocracia. “Hacer
teatro” no es moverse sobre la escena, no es memorizar y decir un diálogo, no
es cambiar luces ni recibir aplausos de los cuatro o cinco asistentes, no es
invitar a los mismos amigos y a la familia a cierres y aperturas para que nos
vitoreen. Hacer teatro “es-algo-más” que se encuentra sólo y únicamente en el
proceso y para eso se requiere de un espacio digno. Así es como se hace el
teatro profesional en México y en el mundo, es esto lo que le da su calidad de “Profesional”.
Es únicamente en el proceso donde se encentra la Verdad Escénica.
Me pregunto cómo alguien puede tener
siquiera el 50% de un espectáculo sin pisar un espacio de ensayos, sin contar
con los elementos necesarios para funcionar dramáticamente sobre el escenario,
trabajando con la mendicidad de las aulas universitarias sin ser un recurso más
bien un “ni modo”. Todo objeto artístico requiere de un espacio propicio de trabajo
y esto define la diferencia entre una obra de arte y una artesanía. Y es por
esto que aun cuando el proceso se alargue, no se pierde; y es por eso que aun
cuando el proceso se retrase no es interminable. Y de allí la imperiosa
necesidad de encontrar un equipo de trabajo basado en la confianza.
Asimismo, me ha sorprendido de la
poca confianza y el poco compromiso de nuestros actores desertores a quienes
les he visto cualidades pero nunca un trabajo digno. Podrías pensar que es a
causa de las inconsistencias técnicas en el inicio de este proceso, pero sería
injusto para con nosotros, para el trabajo que hemos realizado especialmente
cuando en principio dichos inconvenientes no fueron culpa nuestra y sobre todo
cuando se buscó siempre proporcionar una adecuado ambiente de trabajo, cosa que
me parece fundamental para elaborar un buen proyecto, como he dicho antes. Ser
profesional comienza con la prefiguración de la idea, con los medios y los
mecanismos para alcanzar un objetivo. Ensayar en el parque dela esquina y
presentarse únicamente para decir que algo se presentó, es una actitud
poquitera y mezquina. La ciudad está saturada de propuestas mediocres, mal
hechas, sin imaginación, maquiladas por esclavos del arte quienes no tienen
nada qué ver con lo realizado porque lo realizado se sustenta -la mayoría de
los casos- en banales expectativas de éxito comercial (aun cuando hablamos de
alta cultura) o pedantes pretensiones artísticas de quien sustenta el tráfico
de influencias, que para todos los casos se trata de un director de moda en
ciertos círculos.
Siendo así, la viabilidad y factibilidad
de estos proyectos no es mayor ni menor que la de cualquier proyecto que
comienza y lo mismo sucede con las dificultades que hemos tenido. Con todo, me
parece que tenemos más posibilidad de soluciones que obstáculos, pero se
requiere de una apuesta de Fe. Sin embargo, estoy consciente de que toda mi vida
he tenido que luchar frente a la “meritocracia”, frente a la desconfianza
infundada y el abandono, pero esto no puede ser sino síntoma de un medio que
teme perder su mina de oro y me refiero en este caso, en todos los niveles y en
toda la historia. Personajes desde Aristófanes hasta Bukowski, por ejemplo, han
pasado por lo mismo:
…aprender a
ganar es difícil, / cualquier idiota puede ser un buen perdedor… / y si tienes
capacidad de amar / ámate a ti mismo primero / pero siempre sé consciente de la
posibilidad de / la total derrota / ya sea por buenas o malas razones… / y como
las araña sé / paciente, / el tiempo es la cruz de todos. / más el exilio / la
derrota / la traición / toda esa basura. / agarra una buena máquina de escribir
/ y mientras los pasos van y vienen / más allá de tu ventana / dale duro a esa
cosa / dale duro. / y recuerda a los perros viejos, / que pelearon tan bien: /Hemingway,
Celine, Dostoievsky, Hamsun. / si crees que no se volvieron locos en
habitaciones minúsculas / como te está pasando a ti ahora, /sin mujeres / sin
comida / sin esperanza... / entonces no estás listo / toma más cerveza. /hay
tiempo./ y si no hay /está bien /igual.
Así que, mi estimado Productor, he tenido
un presentimiento contigo desde el principio y entiendo tu carga de trabajo, el
temor de que tu nombre como productor quede en malos términos frene a los colmillos
de las instituciones, tú desesperación por la marejada de tiempo que viene
encima y se va y no vuelve, pero no existe otra solución más definitiva que
HACER y lo que se tenga que hacer se hará con quien se tenga que hacer, con
quien nos brinde esa confianza y esa labor artística sólo encontrada en el trabajo
constante. Toda confianza es siempre bien retribuida. Pero lo que considero más
importantes es que, a pesar de las dificultades, una vez presentado este
proyecto habremos encontrado un equipo de trabajo y una metodología de trabajo
y así, lo demás vendrá por añadidura.
Publico esta respuesta con la
esperanza de que los desertores lean el contenido, de que cualquiera lea el
contenido y replantee su perspectiva respecto de sus procesos creativos; para
dejar en claro que no se trata de lo que acontece en este proyecto sino de la
acción personal en todos los casos.
Aquellos que formemos parte de este
proyecto y que a la postre habremos de convertirnos en este proyecto tendremos
una conciencia moral, ética y creativa libre y plena. Lo que no podemos, de
ninguna manera hacer, es dejarnos permear por el desequilibrio propiciado por
aquellos que se le van escondiendo a las vicisitudes de la vida, pues como
diría el buen W. Shakespeare “El destino es
el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos.
A T E N T A M E N T E
Tlalpan, Ciudad de México, octubre de 2014
Antonio Mejía
miércoles, 1 de octubre de 2014
CONFERENCIA SOBRE META-TEATRALIDAD A CARGO DE LA MTRA. CECILIA FARÍAS CALDERÓN
Con un tema atractivo por su
actualidad y una serie de participaciones del público que propiciaron una
charla amena a través de una diversidad de tópicos, el pasado martes 23 de
septiembre se realizó en el Salón de Actos Adolfo
Sánchez Vázquez de nuestra Facultad, la Conferencia Meta-teatralidad y juegos de poder en “Bajo tierra” y “Clipperton” de
David Olguín, a cargo de la Mtra. Cecilia Farías Calderón (Monterrey,
México, 1990) Licenciada en Arte Teatral por la Universidad Autónoma de Nuevo
León y Maestra en Performance Practices
and Research por The Royal Central School of Speech and Drama (Londres,
Inglaterra).
Además de su calidad
internacional, el evento adquiere valor especial no sólo porque David Olguín es
uno de los creadores más relevantes de la escena teatral mexicana contemporánea,
también porque se relaciona con los actuales festejos por el Aniversario 80/25 del Colegio de
Literatura Dramática y Teatro.
En su ponencia, la Mtra. Cecilia
Farías mencionó que “Olguín hace uso de la meta-teatralidad como recurso para
demostrar el juego entre realidad y ficción, pero no sólo como medio pensado a
favor del carácter de espacio lúdico que requiere toda puesta en escena para
ponerse en marcha. La meta-teatralidad trasciende y adquiere una propiedad
metafórica debido a que los roles cambian constantemente en la incierta
existencia de los personajes, y esto funciona como forma de creación de una
nueva dimensión, reflejo de una realidad interior.”
“A partir de esto, Olguín
reflexiona, critica y establece relaciones implícitas con su propio contexto
mostrando que el estado crítico de la sociedad sigue siendo un reflejo del
interior caótico del ser humano, a más de cien años de la Revolución.”
Esta Conferencia fue realizada en
el marco de las actividades del Seminario
Multidisciplinario de la Creación Escénica Teatral (SEMUCET), proyecto de investigación fundado por el recientemente
fallecido artista y profesor de la Facultad, Mtro. Lech Hellwig-Górzyński (1945-2014),
lo cual generó una atmósfera nostálgica pues dicha actividad se dedicó a la
memoria del maestro, quien siempre trabajó para que el medio teatral mexicano
terminara por afinar su identidad desde su narrativa personal, según el Lic.
Antonio Mejía quien fuera Asistente personal del Mtro. Lech, y que en esta
ocasión moderó la mesa. Asimismo, se anunció que dos conferencias más están
planeadas para lo que resta del año, una titulada: Prácticas documentales para las artes escénicas, a cargo de la Mtra.
Cecilia (16 de octubre de 2014); y la siguiente a cargo de la Dra, Paloma Medina
de la Universidad Veracruzana, titulada: Elena
Garro: creatividad, el pensamiento espiritualista y la teatralidad en su obra (7
de noviembre de 2014)
Finalmente se enfatizó en el objetivo
del Seminario “que ha sido fomentar el diálogo entre los miembros del CLDyT con
otros colegios, escuelas o profesionales del arte teatral; pero también entre
el teatro y otras áreas de conocimiento”.
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martes, 19 de agosto de 2014
THE GRAND BUDAPEST HOTEL
La Insegura, vanidosa, superficial, rubia y absorbente épica de Wes Anderson ó
Una crítica que no encaja con la Revista Icónica
FICHA
TÉCNICA:
Dirección: Wes
Anderson
Producción: Wes
Anderson, Jeremy Dawson, Steven M. Rales, Scott Rudin
Guion Wes Anderson
Música Alexandre Desplat1
Fotografía Robert
Yeoman
Montaje Barney Pilling
Género: comedia
Estados Unidos, 2014, 99 minutos
Reparto: Ralph
Fiennes, Saoirse Ronan, Tilda Swinton, Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Adrien
Brody, Edward Norton, Harvey Keitel, Jason Schwartzman, Owen Wilson, Bill
Murray, Mathieu Amalric, F. Murray Abraham, Jude Law
Por: Antonio Mejía Ortiz
Wes
Anderson presenta la fantástica aventura de Gustave H (Ralph Fiennes), legendario
conserje del famoso Gran Hotel Budapest, que es inculpado por el asesinato de
su millonaria amiga, amante y huésped, quien le ha dejado una pintura
invaluable como herencia. Acompañado por Zero Moustafa -el chico del vestíbulo
a quien convierte en su protegido-, y rodeados de una planilla amplia de
singulares personajes, representados por un magnífico reparto, sortean una serie
de eventos límite durante el periodo europeo de “entre guerras”.
Sirviéndose
de recursos narrativos adaptados al cine como “el teatro dentro del teatro” o
la intertextualidad utilizada por Miguel de Cervantes al darle vida a Cide
Hamete Benengeli[1] en
Don Quijote de la Mancha, este filme
es una soberbia exhibición de polifonías rítmicas y tonales, así como de
matices respecto a los géneros por los que transita con agilidad y elegancia;
si bien en general se trata de una comedia que ubica su expresionismo en el
tratamiento de la paleta de colores y el tipo de actuación propio del humor
inglés, hay referencias características de la “Pieza chejoviana” y el “cine
negro”, obviamente exaltando el sentido irónico y patético de temas complicados
de abordar como el miedo,
la violencia, la injusticia, y la corrupción del grupo hegemónico en turno,
frente a los errores de carácter del individuo, sin caer en panfletarismos o
chauvinismos.
El
planteamiento que en sí podría parecer superfluo -pues no penetra en la
psicología de los personajes-, genera profundidad épica al arroparse de una
serie de “personajes tipo” trabajados a detalle y asimismo, de gran cantidad de
pequeñas historias apenas insinuadas en su azarosa presencia que sin embargo
construyen la causalidad que cimenta el obsesivo equilibrio plástico y
argumentativo de la acción toda, cuya progresión dramática resulta de la
confrontación entre el comportamiento moral de buenos y malos que por momentos se difumina; y, el sentido
último de sus intenciones, al margen de las tendencias innatas. Así, Wes Anderson
erige una atmósfera emotiva que absorbe nuestra psicología para
definir los rasgos de carácter de los protagonistas que en busca de la verdad o
defendiéndola, serán derrotados o caídos en decadencia a causa de los
accidentes históricos que le dieron identidad a la primera mitad del siglo XX.
Dicho
equilibrio se nota en la simetría visual de los escenarios, en el manejo de los
planos y la maquinaria escénica a cuadro que propone una especie de sistema
fractal, donde cada escena, cada situación, como los personajes mismos, son
reflejos o desdoblamientos unos de otros, en un juego del montaje donde lo
general va edificando lo particular y a su vez, dado que la resolución del misterio no es el
objetivo principal, lo particular en síntesis del entramado general.
El diseño sonoro es una delicia de ritmos y “tempos”, donde se orquestan los
sonidos incidentales con la banda sonora, con los encuadres y los planos e
incluso con la musicalidad de los diálogos y sus inflexiones.
The Grand Budapest Hotel es una obra maestra, “una ilusión con una gracia sorprendente acerca de los
vagos destellos de civilidad en este matadero salvaje que alguna vez fue la
humanidad”[2], cuya
naturaleza meta-argumentativa trasciende el universo cerrado de la película,
pues estando inevitablemente ligada a la personalidad de su creador, es también
similar a su protagonista: “insegura, vanidosa, superficial, rubia y absorbente[3]”,
como todo lo trascendente en el mundo de las formas.
[1] Cide Hamete Benengeli es un personaje ficticio, supuesto
historiador musulmán creado por Miguel de Cervantes en su novela Don Quijote
de la Mancha, quien sería el escritor de gran parte del Quijote. La
novela sería entonces la traducción de un texto antiguo en árabe que relata
hechos verídicos. Miguel de Cervantes Saavedra. Don Quijote de la Mancha. Real Academia Española. Alfaguara. capítulo IX. P 87.
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martes, 12 de agosto de 2014
ADIÓS CARLOTA
De cómo un acto creativo deviene en acontecimiento
POR ANTONIO MEJÍA
El espectáculo de marionetas de Gerardo
Ballester Franzoni es un viaje a través de las evocaciones y los momentos
oníricos de una Carlota de Habsburgo anciana que se acerca a la muerte. Sin
embargo, Adiós Carlota no es
únicamente lo que vemos en el pequeño escenario de la sala Alcázar del Castillo
de Chapultepec, es especialmente lo que no vemos, es decir, el tratamiento
–consciente o inconsciente- de la esencia que le da su particularidad al teatro
respecto de las otras artes: el concepto de acontecimiento dramático, como la
construcción de una atmósfera reflexiva que se fabrica desde los medios de
difusión hasta el edificio que se elige para presentarse, pasando obviamente
por el diseño escénico, lo cual provoca un estado dinámico en la percepción del
espectador que hace dialogar su narrativa personal con los estímulos que recibe
antes, durante y después del hecho escénico, porque dichos estímulos son
esencia del acontecimiento mismo.
La construcción del espectáculo inicia desde el
largo camino hacia la entrada del Castillo de Chapultepec, generando una
atmósfera que abstrae al espectador de su momento histórico para adentrarlo en
el tiempo sin tiempo de la historia; y al mismo tiempo contextualiza lo que se
presentara más adelante, de allí que la elección del recinto es indispensable
para complementar la parte del argumento que no se trata en la obra pero sin la
cual el espectáculo quedaría escueto. A pesar de la desafortunada disposición
de los asientos, es notorio el magnífico trabajo en la hechura detallada de las
marionetas, el decorado y los pequeños vestuarios de época, algunos de los
cuales servían de medio para hacer transitar a los personajes en el tiempo y de
un universo a otro.
El trabajo de los marionetistas es bastante
bueno aun cuando se les escaparan ciertos detalles de lógica física que en un
trabajo de esta naturaleza son importantes, pues aunque la imaginación humana es
poderosa e indulgente, la mente está diseñada para detectar inmediatamente los
comportamientos ilógicos de todo cuerpo en el espacio y esto puede sacar al
espectador de la fantasía. Asimismo, hubo momentos en que parecían no haber
mecanizado las dimensiones y estructura del escenario; situación seria si se
toma en cuenta que estaban a un par de funciones de cerrar temporada.
Si bien es cierto que las marionetas por sí
mismas tienen cierta expresividad (sobre todo estando tan bie realizadas, como
es el caso), no adquieren estar dramático hasta que el marionetista hace de
ellas una extensión de sus propias capacidades expresivas (psicológicas,
emotivas, racionales), para articular un carácter. Así, los marionetistas de Adiós Carlota realizan un trabajo no
desprovisto de dificultades tomando en cuenta la descuidada tradición mexicana
de este tipo de teatro, pero que logra ser convincente e incluso conmovedor,
especialmente con el personaje de Carlota anciana quien termina siendo
determinantemente entrañable.
Las composiciones e interpretación en piano de
Deborah Silberer acentúan y se suman apropiadamente a los contrapuntos emotivos
y los matices cómicos que propone el desarrollo de carácter del personaje
principal. La estructura de la obra en general transita ágilmente de un momento
escénico a otro logrando darle énfasis el estado emotivo final. Del mismo modo,
los detalles simbólicos como la Serpiente emplumada, los guiños históricos
sustentados por el desafortunado destino del Emperador Maximiliano de Habsburgo
y las metáforas sobre la demencia, confeccionan un atractivo entramado poético
que libera al personaje de su densa carga histórica y lo colma de profundidad
humana, alcanzado así un sentido universal al lograr que nos identifiquemos con
ella desde las fragilidades de nuestra historia personal.
Quizá los traspiés de Adiós Carlota se encuentran en el diseño de iluminación de Isaías
Martínez que todo el tiempo expone involuntariamente a los manipuladores de
títeres (como se anuncian en el programa de mano), traicionando la ilusión
creada por el juego de luz-oscuridad a través del cual se manipula a las
marionetas; y que al mismo tiempo, descuida las sombras que se filtran de lo
que podríamos llamar tras bastidores (hablo de la función a la cual asistí).
También, parece demasiado discreta respecto a la variedad de diseños escénicos
que propone el espectáculo.
Por su parte, la dirección al establecer una
convención con los marionetistas ocultos que rompe al diluir la cuarta pared y
a la cual regresa en un par de ocasiones, genera ambigüedad en el imaginario
que entorpece la fluidez de la narrativa, aun cuando la salida final de Carlota
es un bello pasaje. Queda la impresión de que esta propuesta escénica,
voluntaria en este caso, permanece entre lo necesario y lo innecesario, sin
definirse como para adquirir contundencia. Al puntualizar lo anterior no
pretendo demeritar el trabajo de este grupo de creadores -al contrario-,
intento explicar el detalle que requiere así como lo especializado que resulta
y lo trascendente que es generar espectáculos de calidad de este tipo.
Una vez terminado mi viaje con la Emperatriz Carlota,
por el Castillo de Chapultepec y por Reforma, no me caben dudas acerca de tres
puntos: 1) Más allá de nuestro patriótico apego a la democracia republicana,
Los Emperadores Maximiliano y Carlota forman –por voluntad propia- parte importante
de nuestra historia y asimismo son personajes entrañables cuya presencia no
pudo asesinar “el respeto al derecho ajeno”; 2) El grupo de creadores y
ejecutantes de Adiós Carlota es un
equipo de profesionales que hacen un trabajo importante y de calidad
internacional para la escena teatral mexicana. Los dueños del discurso
artístico en México debieran abrirles todas las puertas para que este
espectáculo tuviera muchas temporadas más en los diversos escenarios de la
Ciudad de México, por lo menos; 3) Adiós Carlota ha sido una experiencia que
deviene en declaración acerca de la trascendencia que para el individuo
significa un acontecimiento dramático y un hecho escénico, cuya presencia es
determinante de un acto creativo. Desde esta trinchera marginal del teatro, mis
más sinceras felicitaciones.
Tlalpan, México, D. F., a 11 de agosto de 2014
lunes, 28 de julio de 2014
CRÍTICAS CRÓNICAS: Pequeña Biopsia Teatral
POR: ANTONIO MEJÍA
Hace algunas semanas asistí al festival de teatro TICA-LABS 2014 en el foro Hugo
Argüelles, donde se presentaron varios grupos de estudiantes del CLDyT y
algunos otros invitados de corte independiente, para mostrar el resultado de un
año de trabajado. Luego, estuve presente en la penúltima función de Autorretrato en sepia de LEGOM, dirigida
por Martín Acosta, en el Juan Ruiz de
Alarcón del CCU de la UNAM (¡qué coincidencia!). También acepté la
invitación a Calidez de Juan
Cristóbal Castillo dentro de la inadvertida muestra de Dramaturgia contemporánea mexicana en el teatro Wilberto Cantón de la SOGEM. Al final,
me sorprendió encontrar una serie de similitudes aun cuando lo mostrado en cada
escenario era radicalmente distinto en sus pretensiones.
En todos los casos, el público no cubría ni la mitad del afore y se
dividía entre asistentes de buena voluntad, paleros y algún curioso despistado,
que los hay siempre. Al margen de su condición e independiente del escenario,
encontré una actitud escasamente comprometida con el otro, como si estuvieran ciertos
de recibir acalorados aplausos y elevadas muestras de admiración. Esta
condescendencia que en el medio artístico sucede especialmente cuando las
galerías y los supermercados son cada vez más parecidos, no tendría relevancia
si el hecho escénico no estuviera comprometido.
Aclaro que entiendo el teatro como una insinuación que hace el artista
desde y obligado por los impulsos de su narrativa personal; dicha insinuación
es traducida o resignificada por el espectador desde y por las necesidades de
su propia narrativa, de tal modo que no importa lo sucedido en el escenario,
será siempre una resignificación plástica de un planteamiento textual o
literal. Por lo mismo, el teatro nunca es sólo texto, ni se refiere únicamente a
la tridimensionalidad que lo hace posible. Es ambos, pero ninguno. Es el
resultado de las posibilidades expresivas al servicio de una concepción de
mundo; y aun cuando pueda resultar inaccesible -como decía T. Kantor-, sí hay
rasgos socioculturales que la determinan y permiten la comunicación con el
otro, el cual es imprescindible.
Considero que en general el teatro mexicano se hizo viejo y que
sobrevive de la descomposición de los que fueron sus postulados más
vanguardistas, recogidos en su mayoría en el extranjero. De allí la dictadura
de las taxonomías teatrales que intenta clarificar todo en la materialidad del
objeto escénico y al mismo tiempo, la postura cerrada a cualquier comunicación
o interlocución que salga de los parámetros establecidos, incluso si se trata
del espectador mismo; de allí, la canonización artística promovida a través de
un conformismo vanguardista oficial que alimenta las expresiones artísticas
burocráticas y políticamente correctas, especialmente si “lo incorrecto” está
de moda y el artista se encuentra preocupado por no ser rechazado. Vemos
artistas que se niegan a la verdad del estar escénico -sea una lectura dramatizada
universitaria o una super-producción de pretensiones universales-, para
acarrear simpatías o adoradores, cuando le es necesaria a toda expresión
artística ejercer esa doble fuerza de rechazo-atracción.
Estamos frente a un teatro cuyas “miradas transversales” no alcanzan
para generar un espacio escénico que construya una atmósfera multisensorial que
abstraiga al intelecto desde la emotividad de los elementos expresivos que nos
igualan como seres humanos, dentro de una región y una época que a su vez
converse con todas las regiones del mundo y todas las épocas. Teatro que
confunde la riqueza visual con la riqueza de objetos; y la sobriedad en la
utilización de los medios expresivos del actor, con una actitud irresponsable.
Así, se confunde la acción como elemento de la historicidad del actor al
servicio de la expresión ficticia (emotiva, racional, psicológica) de un
carácter o argumento, con las interacciones técnicas sobre el escenario.
Lo que ocasiona un teatro donde ejecutantes y espectadores desestiman la
responsabilidad de mantener un estar escénico y así, el público se vuelve
complaciente e irreflexivo y vulgariza el sentido de celebración-comunión para
exigir diversión mientras come sus palomitas y bebe su refresco sin azúcar.
Asimismo, la idea de lo espectacular se presenta como un mero artilugio del
decorativo y no como un medio que, integrado en la construcción del espacio
escénico, funcione para abrir eficaz y contundentemente nuestra sensibilidad estética,
cumpliendo su fin universal: conmover. Finalmente me pregunto qué de
significativo hay en lo presenciado; y regreso a casa dispuesto a explicármelo
a través de estas líneas que ahora comparto.
De este modo considero que se expresa claramente el espectro visible de
la crítica dramática y el estilo de este espacio dedicado al teatro; que siendo
parte indisoluble del mismo, no estaría completo sin usted, estimado lector.
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